Cuando José Blanco asumió el Ministerio de Fomento hizo un amago de representación al reunirse con la presidenta de la comunidad de Madrid, Esperanza Aguirre. Rompió el hielo, prometió desbloquear algunos asuntos pendientes de la época de Magdalena Álvarez, y los más ingenuos quisieron ver en Blanco un adalid del diálogo institucional. En realidad, el vicesecretario general del PSOE sólo trataba de atizar la crisis que por entonces sufría el PP, en la que Aguirre cuestionaba con mejores o peores artes el liderazgo de Mariano Rajoy.
Con motivo de la visita de José Blanco a Huelva, el ministro de Fomento ha venido a abonar el mismo discurso, pero en esta ocasión con contradicciones bien visibles. Blanco ha dicho que él es partidario del diálogo institucional, cuando se ha referido al pleito pendiente entre el Ayuntamiento y su ministerio respecto a la estación del AVE y las obras de conexión de la alta velocidad con Huelva. Sin embargo, el viaje del ministro ha creado un precedente poco edificante: en muy contadas ocasiones, la visita de un ministro de Fomento a una capital con asignaturas pendientes ha pasado de largo por el despacho de la primera autoridad municipal, una actitud que raya en la falta de respeto a la propia ciudad. Sólo hubo un caso precedente, el de Magdalena Álvarez cuando vino a presentar una maqueta de estación que jamás se hará y que por tanto terminó en burla con el concurso de la señora presidenta de la Diputación, Petronila Guerrero. Pero todos pensábamos que Magdalena era algo distinto a don José.
En primer lugar, habría que preguntarse cómo un ministro que se está labrando una imagen de austero fustigando diariamente a los controladores, pierde un día de labor ministerial, por la que cobra un magnífico sueldo, en bajar a Huelva sólo para reunirse con su partido. Se supone que ni el tiempo ni los recursos que necesita para su desplazamiento ni la crítica situación del país pueden permitir este tipo de veleidades. Sin embargo, Blanco parece haberse dejado guiar por la cuña sectaria del PSOE onubense para representar una falta de respeto a la ciudad, cuyos representantes máximos no son ni Mario Jiménez ni Barrero y compañía, sino el alcalde, Pedro Rodríguez.
Y, por otra parte, no sería nada arriesgado desmentir desde ahora el anuncio de Blanco de que en junio comenzarán las obras del AVE en esta provincia. La cuestión de fondo es el duro recorte que va a sufrir su ministerio a causa del plan de austeridad anunciado por la vicepresidenta económica, que cifra en 50.000 millones el ahorro impuesto a las administraciones públicas, incluidos autonomías y ayuntamientos. De esa cantidad, un 10%, 5.000 millones, van a cargo del Ministerio de Fomento. Y visto el interés que este Gobierno tiene por Huelva, hay que ser muy ingenuo para creer que esta provincia va a ser prioritaria a la hora de redistribuir lo que quede de presupuesto.
Sin embargo, Huelva corre el riesgo de que el Ayuntamiento se convierta en compañero de viaje de los despropósitos de José Blanco. El desalojo de los vecinos de las Metas, la zona que está pendiente de liberar para que queden expeditos los terrenos afectos al AVE, le está sirviendo de excusa al PSOE para justificar la demora en el inicio del proyecto. Si el Ayuntamiento hubiera cumplido ya esta parte del plan, el Gobierno quedaría en evidencia, pero no se puede decir que los gestores municipales en este aspecto sean extremadamente ágiles.
En cualquier caso, un proyecto de la envergadura del AVE no puede ser sólo competencia de las administraciones sino que en casos como Huelva, una provincia que será la última de Andalucía con diferencia en contar con la alta velocidad, tendría que recibir el impulso de la sociedad entera. Hace un año, Pedro Rodríguez anunció que sacaría a los onubenses a la calle para reivindicar el AVE si el Gobierno seguía olvidándose de esta ciudad. Pues bien, hoy el alcalde parece no estar en situación de conseguir ese anhelo masivo, entre otras cosas porque la fuerte presión ejercida por el PSOE contra él en los últimos meses, con el permanente escenario de la calle, parece haberle bajado el ánimo hasta hacerle aparecer como un político que ha perdido la iniciativa. Rodríguez, como todo político de estrecha relación con la gente de la calle, parece necesitar no ya sólo que los onubenses le den la razón en sus argumentos, sino sentirse querido y apreciado por el común de los vecinos. Y este factor, aparentemente superficial, es lo que el alcalde parece creer que está perdiendo cada vez que vecinos con nombres y apellidos, a los que él conoce desde mucho antes de ser alcalde, le dan la espalda con reivindicaciones que en su mayor parte tienen que ver con la precaria situación económica del Ayuntamiento.
La cuestión municipal, sin embargo, no exime a la ciudad de su propia responsabilidad colectiva. Huelva se ha dejado arrebatar la factoría de Astilleros, que en el mejor de los casos se cerrará en unos años. Cualquier ciudad que hubiera visto en peligro una empresa de esta envergadura habría salido a la calle en masa acompañado a los trabajadores afectados y habría impedido que la factoría se quedase en un taller de reparaciones previo al cierre. Quizás si en las protestas se hubiera visto una más nutrida representación de diputados o concejales, demostrando con ello que el reto merecía la presencia de los padres de la patria, la gente se hubiera convencido de que era necesario echarse a la calle y el alcalde hubiera visto cumplida su promesa aunque fuera por imperativo laboral.
Astilleros se ha perdido, el AVE será pasto de los recortes de Fomento y el Ayuntamiento sigue sin dar el golpe en la mesa que Huelva necesita para levantarse por un futuro que evite que esta ciudad se hunda viendo venir los barcos del Descubrimiento. Nos hemos acostumbrado a salir a la calle sólo para acompañar a las procesiones o para celebrar en los mejores tiempos los éxitos del club de fútbol que salva la honra colectiva con los colores de la bandera. Pero el tiempo que se abre necesita liderazgos y compromiso colectivo, si es que se quiere nadar sobre la capa espesa de quienes pretenden dormirnos con todos los cuentos.








